LA PROFECIA DEL S.XXI Y SUS EMPRESARIOS DE LA MUERTE

Siempre diré, henchido, como muchísimos homo sapiens, naturales, humildes e intelectuales, con el pecho inflamado, a los cuatro vientos, que la vida es bella: que es necesarísimo mantener la flor de la esperanza en el ojal de nuestras blusas y camisas, como un pequeño estandarte de paz y convivencia. Sin embargo, estos precisos tiempos se nos antojan -cada vez con más frecuencia- escuelas de pesimismo. Atravesándolos te impregnan de susto y taquicardia y, para llegar a ciertos sitios, debés afilar el cuchillo del cuidado y batir el pañuelo de la tolerancia; por supuesto, sin dejarse arrastrar ni por el miedo ni dejar que el tesoro de la dignidad se te quiebre a tus pies. Las consecuencias de ello son el stress y ciertos males que nacen de los cambios hasta bioquímicos que se producen en nuestros cuerpos.

En definitiva, uno no puede abandonar el ingrediente vital del optimismo. Así, el mundo de hoy nos vive enfrentando y llevando entre el terapéutico optimismo y el callejero pesimismo. A pesar de todo, debemos salir de nuestras casas con donaire aunque las atmósferas ya creadas cotidianamente por los medios, sean de peligrosidad y desconsuelo. La antinomia resultante se asienta entre lo óptimo y lo pésimo. Lo óptimo será sacar a asolear nuestra voluntad untada de alegría, y tratar, al máximo, de evitar salir a los senderos en donde lo pésimo se esconde acechándonos detrás de los letreros de viajero.

Luz entre nubes (foto Afner Hdez)

Aún así, ese flagelo no nos mataría; proporcionalmente, no es viable. Tampoco va a desaparecer la vida -aunque pudiera estar muy cerca de hacerlo- por intermedio de la basura o por la contaminación de las aguas, aunque por sus composiciones ya suman miles de muertes anuales, sobretodo de infantes. Los acuíferos de los países desarrollados dan cuenta en sus contenidos de plaguicidas e insecticidas organoclorados y organofosforados y, peor, de herbicidas de las familia de las triazinas, entre otras, la fatal atrazina, recientemente localizada en Carcaixent, en Valencia, y en muchos estados de Norteamérica, sin que los ciudadanos posean información de sus consecuencias. El negocio es el agua embotellada que, “a pesar de sus altos niveles de contaminación bacteriana”, les produce, a los E.M.,  US $100.000 millones anuales.

Otro de los peligros acechantes cotidianamente es la pesca indiscriminada de tiburones para cercenarles sus aletas, siendo este animal acuático un elemento primordial para el ciclo vital; desapareciendo, pondría en serios problemas al hábitat marítimo y, por ende, la alimentación de los seres. El mayor destructor de esta vitalidad es China, superlativo consumidor mundial de aletas de tiburón, importando alrededor de cuatro mil toneladas cada año: el precio puede alcanzar 256 dólares por libra y 90 dólares por sopa de aleta de tiburón y, por supuesto, su destino es la gente de mayor status, la de las altas clases sociales.

Tiburones en la Isla del Coco

Y hoy que da inicio la Ronda en Copenhague sobre el cambio climático, oimos hablar de “Climategate”, porque ya existen algunas corrientes oscuras que afirman que no es consecuencia del acto de los seres humanos, que la emisión de gases de efecto invernadero es un factor causal de ese cambio climático. Y, como dice el secretario del IPCC, Panel Intergubernamental del Cambio Climático, Ed Miliband: “Y habrá personas que no quieren que el mundo tome esas grandes decisiones y están tratando de usar esto, en parte, para decir de alguna manera que todo esto está en duda y quizás deberíamos abandonar el asunto“.

Y, otra vez, debo traer a colasión al teólogo Leonardo Boff, cuando cita un cuento original del danés Kierkegaard, replanteado por Ratzinger cuando no era Papa y “hacía teología” –según Boff- y no, como hoy, que lo es, y hace “doctrinas oficiales”. Debo hacerlo porque el cuento es tan elocuente de lo que le está pasando al planeta que no debe dejarse pasar desapercibido:

“…en un circo ambulante, instalado a las afueras del pueblo, se declaró un grave incendio. El director llamó al payaso que estaba listo para entrar en escena y le dijo que fuese al pueblo a pedir socorro. Salió inmediatamente. Gritaba por la plaza central y por las calles, pidiendo al pueblo que fuesen a ayudar a apagar el incendio. Todos lo encontraban divertido, pues pensaban que era un truco de propaganda para atraer al público. Cuanto más gritaba, más reían todos. Entonces el payaso se puso a llorar y todos reían más todavía. Y el fuego se extendió por el campo, llegó al pueblo y tanto el pueblo como el circo se quemaron totalmente.

En artículos anteriores, he insistido –no queriendo ser pesimista, pero sí advirtiendo sobre lo que deviene- acerca de la necesidad no ya –como me decía una amiga- de hacer conciencia, sino de actuar, de ejercer labores que coadyuven a mejorar la calidad de vida y las condiciones de todos los seres sobre la Tierra. Muchas personas pudieran entrar en ese proceso de concientizarse con respecto del maltrato que los elementos de la vida han estado sufriendo por parte de los seres humanos, quienes –pareciera- deseamos más mantener la vigencia de las economías sanas que sana a la vida misma.

Pues bien, siendo que en este diciembre [del 7 al 18] se ha de celebrar en Copenhague, con la participación de 192 representantes de todo el mundo, la reunión que intentará dejar sentado que las emisiones de CO2 puedan ser llevadas para los próximos años a un 37% y no a un pusilánime 17% como reza la propuesta gringa; entonces, qué podemos esperar de los poderosos, cuando no existe una institución, como la ONU, que debiera de tomar una decisión planetaria positiva, puesto que –debemos saberlo todos- ya no son los gobiernos ni los países los que manejan el mundo y sus cuitas, sino las grandes transnacionales y los consorcios empresariales los que detentan el poder y, por tanto, la toma de decisiones, aun cuando de ellas dependa -sin importarles- la salud de la antiquísima entera humanidad.

Toda la construcción astronómica y trascendental que por millones de años ha motivado la discusión de los seres pensantes, puede, de un ambicioso botonazo, ser arrasada por el incendio del mundo: mientras todos reímos confiando en nuestras propias e individualistas agendas, el sapiente arlequín llora lo irreparable.

La sombra que nos va cubriendo cada vez con más vehemencia es la colcha particular del uranio en cualquiera de sus tres presentaciones diabólicas, irradiándonos como un sol negro que ha ido contaminando piedras, aguas, personas, plantas, animales, células y sémenes. Siendo que el centro contaminante del planeta se localiza actualmente en Irak y Afganistán, donde han sido derramadas violentamente toneladas de uranio en bombas y municiones, cómo es posible que el presidente Barack Obama haya decidido enviar 30.000 soldados más para no perder la guerra.

Uranio: hélice de la muerte.

El código de la Academia de la Fuerza Aérea no dice: “No mataré”, fundamental consigna objetiva para un soldado, según se desprende de una entrevista al teniente W. D. Casebeer. Pero, es tanto el descaro,  que sí habla de honor y de un Dios, a pesar de que lo que está en el filo de la navaja hoy es que la Etica Militar, igual que la Etica misma, han sido, por los actos belicosos, canceladas.

Es el dios de la muerte creado por los empresarios que la representan. La tenebrosa industria reside en algunas oficinas en donde la coyuntura osamental de un Norte lleno de montañas y lagos y gente ingenua y trabajadora, no sabe que su trabajo cotidiano y sus impuestos alimentan la blancura de esa calavera multitudinariamente horrorosa que postula políticos, gobernadores, presidentes y homicidas. El terrorismo agita las turbulentas barbas del aire que respiramos y los empresarios de la muerte han monumentalizado al Uranio-238 como el ente de la profecía que debilitará el organismo planetario hasta su deceso.

¡Has algo, Copenhague!

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2 responses to this post.

  1. Posted by David Portilla on 8 diciembre 2009 at 11:40 am

    Da tristeza llegar a depender de un grupo de personas que, en la mayoría del tiempo, han estado sordo-mudas, a pesar de que muy bien saben lo que está sucediendo Hasta cuándo se tocarán el corazón y no el bolsillo? Cuánto más deben de padecer los países del llamado tercer mundo y, lo peor de todo, llegaremos al 2012? No falta mucho…!

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  2. Posted by Humboldt on 8 diciembre 2009 at 1:49 pm

    Cuando George W. Bush dejó la Casa Blanca, respiré aliviado: el mundo no podía tolerar 4 años más de Republicanos; pero, qué mal, se me olvidaba que en los Estados Unidos manda más la industria militar y los poderosos intereses económicos que el Presidente!
    Si esto sigue como pinta….apague y vámonos!!!

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