LA FUNCION DEL POETA EN UN MUNDO QUE SE DESANGRA

He querido, humildemente, encima ya de lo que la mayoría de los occidentales celebran, la Navidad o Natividad –del latín nativitas [por Nacimiento del Niño, evidentemente porque Nativo es sinónimo de Nacido dentro de la mitología cristiana y de la doctrina del nativismo], en este solsticio de invierno meditar acerca de cuál es nuestra función como poetas, escritores, artistas o, simplemente, comunicadores, exactamente tres años antes de que se complete el tiempo de la anunciada profecía maya del 21 de diciembre del 2012. Cuál ha de ser nuestro trabajo en un planeta habitado por los que, en un momento dado del vuelo histórico, cuando adquirimos la madurez en el lenguaje, nos autollamamos seres vivos y que, en ese vehículo sideral, nos desplazamos peligrosamente por un derrotero en un mar ya de por sí azaroso, pero cuyas guías primordiales y directrices lógicas y humanas han sido tergiversadas adrede por las mentes que siguen impulsando los intereses de lo que alguna vez inauguramos como Revolución Industrial.

Aquel giro de dirección dado entre la segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX, en el que, primero Inglaterra y luego el resto de Europa, padecieron el mayor conjunto de transformaciones económicas, tecnológicas, sociales y culturales de la historia de la Humanidad, desde el Neolítico, no tenían sospechas siquiera de que, a principios del S. XXI, tales “mejorías” se iban a convertir, con mucho, en asesinas. Que, recién, los representantes de los países y organizaciones no gubernamentales del mundo se reunirían en Copenhague, Dinamarca, intentando un acuerdo para disminuir su peligrosidad; pero, no desterrada la ambición desmedida ni el materialismo que la acompaña, nada se concretaría efectivamente, sobre todo por el no compromiso de los gobiernos de los dos países más “ricos” –desalmados, diría yo- de la Tierra, los Estados Unidos de Norteamérica y la China continental.

Ni el presidente chino, Hu Jintao, ni el del país del Norte, el prematuramente laureado Barack Obama, llevaron soluciones concisas a la gran reunión para salvar al planeta –y, por tanto, a los terrícolas- del cambio climático y del calentamiento global . Para millones de seres humanos en todo el globo, los resultados han sido nefastos y los visos de contar con un sitio limpio y sano, no contaminado, en donde se genere la bella vida sin reparos y sin obstáculos, se distanció de aquellas mentes que, como la nuestra, la deseamos a toda costa. Los intereses creados y los inmensos consorcios internacionales han preferido continuar, todavía, por el camino de la riqueza incontenible en manos de una minoría frente a la pobreza salubre y alimentaria de la abrumadora mayoría de sus habitantes.

No queríamos -no quisiéramos- seguir contemplando las chimeneas fabriles expeliendo sus gases y humos por los aires otrora azules, las energías sucias rebalsando los vasos de lo comedido, las minas a cielo abierto abriendo boquetes homicidas en la madre tierra, los penachos de hielo desmayándose sobre las mesetas inundadas, los mares sacando sus crestas erizadas de sus lechos continentales, los ríos revolcados por la fuerza de los basureros y el uranio empobrecido entremetiéndose entre los pliegues genéticos de la creación.

La razón para continuar frente a este espectáculo es la llana y diabólica insaciabilidad de poder; el poder como bastión primigenio de la dominación del hombre sobre otros hombres, sobre las mujeres, sobre otros seres, vegetales y minerales.

Y nosotros y nuestros vecinos comunes, plantas y animales, estaremos cada vez más enfermos y perdidos si quienes tienen la oportunidad de tomar las decisiones correctas en ese futuro cada vez más cercano, no lo hacen, sacrificándonos a todos por la negligencia de unos pocos.

Lo mismo ocurrió -si uno hace un poco de memoria histórica- durante las 8 Cruzadas, desde 1099 hasta 1291. La mayoría de las Cruzadas nunca cumplieron sus metas; desviaron sus objetivos originales e hicieron cualquier cantidad de atrocidades, reteniendo Tierra Santa solo durante algunos años, sin trascendencia. Siendo que era la guerra cristiana contra los pueblos “paganos” y “herejes”, tal los musulmanes solo por ritualizar otros dogmas, adonde llegaban aquellos ejércitos “religiosos”, en nombre de su dios de turno saqueaban y robaban no importando si el edificio fuese castillo o iglesia, convento o casa de habitación, si el pueblo fuese o no cristiano. Prevaleció el deseo por la tenencia material antes que el desarrollo espiritual. Muchos nunca llegaron a aquellas tierras sagradas que la cristiandad había eregido en la mente de las gentes: no les interesó; sus intereses se afianzaron en algún tesoro del sangriento camino.

La Iglesia, a través del Instituto “Inquisición”, “Santo Oficio”, que diera fin oficialmente en el año 1960 –cuando este servidor tenía 8 años-, también se dio la potestad de matar miles y miles de seres humanos acusados de herejía o de cualquier otra imposición que a alguien del clero se le ocurriera, ya por ser enemigo o porque no rimaba con los intereses de alguien de la clase alta o no comulgase con los formularios de la santidad. La eclesiam meam llegó a tener tal poder que, realmente, regía sobre leyes y reyes.

Sibu, el dios bribri de los aborígenes de Talamanca, en las altivas montañas costarricenses, debió haber estado así de bravo, chiva, cuando en 1908 la Chiriquí Land y su bananera entró macheteando su universo, talando la inconmesurable biodiversidad del Valle de la Estrella, destruyendo los miles y miles de años de su paraíso ciertamente terrenal, volándole sierra al bosque del conocimiento y de la vida. Dichosamente, el poder de sus sacerdotes, los useköLpa –dice su tradición, su libro y sus cantos- hicieron posible que, sistemáticamente, descendiesen del cielo certeras enfermedades  bananéreas, despertasen las altas inundaciones y decayeran en vigor las divinas tierras; y así, el ángel del mal fue echado del paraíso bribri destruido, en 1937, 27 años después de que Antonio Saldaña, su último jefe y dirigente, fuera horriblemente envenenado junto con su sobrino, virtual cacique sucesor cuando aquel muriera. Probablemente algún político de la época tuvo que ver con tan radical desatino porque nadie hizo nada por reparar el mal causado y nunca, siquiera, se puso en entredicho.

En Talamanca está Surayum, sitio en donde Sibu creó a los bribris.

Con embargo, todo ello nos da esperanza de que, aunque el mundo se debata entre aquellos que luchan por el bienestar de la especie y los otros, los que persiguen su inestabilidad, uno resguarda en lo más íntimo del ser la fidelidad de que la conciencia, en algún momento, abra las puertas que permitan que la claridad funde el sentido común en esas cabezas hasta ahora herméticamente estériles y cerradas a la prolongación de las generaciones. He aquí el protón de la profecía.

Cuando Rubén Darío escribió Azul, utilizó, entre otros recursos,  términos exóticos, orientalistas, para lograr atraer a sus lectores con las rarezas que se daban por aquellas latitudes. Rimbaud, a sus prodigiosos veinte años, avizoró la atmósfera de nuestro tiempo desde “Une saison en enfer” de 1873. Más ingenuamente, Vicente Huidobro creyó que el poema debía crecer como una rosa en la mano. Pero ninguno de ellos, ni desde el Modernismo ni desde el Romanticismo y su “yo” poético, ni desde el vanguardismo, pudieron sospechar estos males del mundo de hoy. El poeta desenvainaba su subjetividad, su yo lírico, y podía crear paisajes o escenarios bellísimos a partir de elementos individuales o de las circunstancias especiales que le rodeaban. Imaginar a un Lord Byron en estos días  leyendo en una salita llena de damicelas de alcurnia regodéanse con sus versos, es sencillamente imposible. García Lorca en “Poeta en New York” y César Vallejo en “Poemas Humanos”, sí vieron,  profetas hispanoamericanos, “pararrayos celestiales”, bastante de lo que ya se perfilaba en las aguas contaminadas del río Hudson de 1929-30, en plena recesión económica.

Federico García Lorca

Mi punto de vista es que el escritor de hoy, el artista, el poeta, el músico, debe trabajar desde una plataforma más pertinentemente sociológica, sin dejar por fuera, por supuesto, el tinte de su interioridad. El escritor no es necesariamente ni bohemio ni neurótico como solía afirmarse hace unos años; tampoco es asistido económicamente, como en siglos anteriores, por un mecenas que, por creer en su obra, la sostenía: no, el escritor es un trabajador de la palabra, un labrador de textos, de cualquier género que, en mútiples ocasiones, no cuenta con remuneración alguna y sus escritos, que requieren a veces de largas investigaciones, corren por su propio esfuerzo y factura.

En principio, el escritor escribe porque desea manifestar algo, y ese algo, para mí, en esta época particular, debe artísticamente sopesar, describir, cantar, advertir, aquello que está destruyendo el significado de lo bello, y entender por estética lo que vibra con lo netamente terrestre y vital. Ya no es posible enmarcarnos en una estética metafísica; no calza, es anacrónico: la estética hoy debe abastecerse de lo natural, situar a la naturaleza como meta artística, defendiéndola desde el arte, sin que quiera decirse que otros motivos artísticos sean abandonados; volver, más bien, a los valores humanos; que sin ellos este mundo no tendrá tampoco cabida para el arte y, sin arte, la vida ya no será sino menos vida.

César Vallejo, el gran poeta peruano, en 1929, en París.

Tanto los ciudadanos del mundo como los artistas y escritores, hemos de luchar denodadamente por un sitio de luz lleno de vida, de elementos benefactores donde ella vuelva a sentirse en plenitud, donde crezcamos humanamente, en donde el aire vuelva a ser aire y el agua el charco en donde resurjan las enzimas de la génesis y la falda volátil del pincel se vista de acuarela, donde la barca de los versos navegue hacia las olas, hacia los vientos, hacia la tierra.

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One response to this post.

  1. garcia lorca! me encantan las cosas de garcia lorca

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